miércoles, 9 de noviembre de 2011

El testamento de Nasrudín

- La ley prescribe que mis familiares deben recibir ciertas proporciones fijas de mi posesiones y dinero. No tengo nada: que esto se divida de acuerdo con las fórmulas aritméticas aplicadas por ley. Aquello que sobre ha de ser entregado a los pobres.

La tumba del Mulá

La tumba de Nasrudín tenía al frente una inmensa puerta de madera, cerrada con pasadores y candados. Nadie podía entrar en ella, al menos por la puerta. Como broma postrera el Mulá había dispuesto que la tumba no tuviera paredes a su alrededor...

La flecha inscripta en la lápida era: 386. Traduciendo esto a letras mediante la sustitución, (un recurso común en el caso en el caso de las tumbas), se lee SHWF, una forma de la palabra “ver”, en especial para significar “hacer que una persona vea”.

Tal vez sea ésta la razón de que durante muchos años se consideró que el polvo de la tumba servía para curar problemas oculares...

Incompleta

Mulá Nasrudín supervisó la construcción de su propia tumba.

Finalmente, después que fueron subsanados un defecto tras otro, el albañil fue a cobrar su dinero.

- No está bien aún.

- Pero, ¿qué más se puede hacer?

- Todavía tenemos que proveer el cuerpo.

Tumbas viejas por nuevas

- Cuando muera (dijo Nasrudín), quiero que me entierren en una tumba vieja.

- ¿Por qué’, (preguntaron sus familiares.

- Porque cuando vengan Munkir y Nakir, los ángeles que llevan la cuenta de la buenas y malas acciones, podré hacer que pasen de largo diciéndoles que esta tumba ya ha sido considerada y anotada para el castigo.

Cabeza y patas

- Cuando te mueras, Mulá (preguntó un amigo), ¿cómo te gustaría que te enterraran?

- Cabeza abajo. Si como la gente cree estamos en la posición correcta, quiero probar estar pies para arriba en el otro.

Los nidos del año pasado

- ¿Que hace en ese árbol, Mulá?

- Busco huevos.

- ¡Pero si esos son nidos del año pasado!

- Bueno, si usted fuera pájaro y buscara un lugar seguro para anidar, ¿construiría un nido nuevo, mientras todo el mundo lo observara?

Verdad

- ¿Qué es la verdad?, (preguntó un discípulo a Nasrudín).

- Algo que nunca, en ningún momento, he dicho; ni diré jamás.

Nadie sabe realmente

Cuando de pronto el Mulá Nasrudín cayó en la cuenta de que no sabía quién era, se lanzó a la calle en busca de alguien que lo pudiera reconocer.

El gentío era denso, pero se hallaba en un pueblo ajeno y no encontró ninguna cara conocida.

De repente se encontró en la tienda de un ebanista.

- ¿Qué puedo hacer por usted?, (preguntó el artesano, mientras iba al encuentro de Nasrudín). ¿Desea usted alguna cosa de madera?

- Lo primero, primero (dijo el Mulá). ¿Me vio usted entrar en su negocio?

- Sí.

- Muy bien. ¿Me vio antes alguna vez en su vida?

- Nunca en mi vida.

- Entonces, ¿cómo sabe usted que soy yo?

El rey me habló

Desde la capital del imperio Nasrudín regresó al pueblo.

Los ciudadanos se reunieron a su alrededor para oír lo que tuviera que contar.

- Seré breve, (dijo Nasrudín). En esta ocasión me limitaré a declarar que el momento supremo para mí fue cuando me hablo el rey.

Pasmados por el asombro y conmovidos por la gloria que por reflejo los envolvía, casi toda las personas retrocedieron y luego emprendieron su camino para comentar el maravilloso suceso.

El menos sutil de los campesinos se quedó allí y le preguntó:

- ¿Qué dijo su majestad?

- Me hallaba parado en la afueras del palacio cuando salió el rey y me dijo con claridad suficiente como para que pudiera escuchar todos: ¡Apártate de mi camino!

El simplón quedó satisfecho. Ahora con sus propios oídos había escuchado palabras que realmente habían sido pronunciadas por un rey.

El sueño del Mulá

Una noche el Mulá despertó con mucha prisa a su esposa y le dijo:

- Pronto, corre y tráeme las gafas. Estoy teniendo un sueño magnífico y me ha sido prometido más por alguien a quien he visto. Necesito tener mis anteojos.

Por si acaso

Nasrudín caminaba por la calle envuelto en un manto de luto azul oscuro. Una persona lo detuvo y le preguntó:

- ¿Por qué viste así, Mulá? ¿Ha muerto alguien?

- Casi seguro que sí, (dijo el Mulá Nasrudín). Verá usted, puede haber ocurrido sin que me hayan informado.

Morrales y burros

- Aquí llega Nasrudín, (dijo alguien en la casa de té durante una discusión filosófica); hagámosle una pregunta difícil.

- Pero si no sabes más que de burros, (objetó otro).

- Sobre los burros también existe filosofía, (objetó el Mulá, quien oyó esa palabra al entrar.

- Muy bien, Nasrudín (dijo el posadero) entonces contéstanos esto: ¿Qué existió primero, los burros o los morrales?

- Muy simple: los morrales, (respondió el Mulá sin vacilar).

- ¡Pero eso es ridículo!

- ¡Pruébalo!

- Pues bien... un burro puede reconocer un morral, pero un morral no puede reconocer a un burro.

- Supongo que lo sabes porque un morral te habrá asegurado que no puede reconocer a un burro, (dijo Nasrudín).

Instinto

- Hay cosas (dijo Nasrudín) que en su fuero interno uno sabe positivamente que no son ciertas.

- ¿Podría darme un ejemplo?, (preguntó uno que siempre buscaba pruebas de lo sobrenatural.

- Ciertamente. El otro día, por ejemplo, salí a caminar y alcancé a oír un rumor de que yo estaba muerto.

La pregunta contiene su repuest

- Dime la verdad (dijo Tamerián a Nasrudín cuando se hallaban sentados en la sala de vapor del baño turco.

- Siempre lo hago, majestad, (le respondió el Mulá).

- ¿Qué valgo yo?

- 5 piezas de oro.

El monarca pareció enojarse:

- Este cinturón que sostiene mi traje de baño vale eso.

- Usted carece de valor (respondió el Mulá) y cuando habla de “valor”, me veo obligado a contestar en los términos de la pregunta. Si se refiere al dinero, le doy el valor externo: el del cinturón. Si usted se refiere al valor interior, no puede expresarse con palabras.

Fuego

Mulá Nasrudín recibió la bienvenida de un empalagoso posadero, quien le manifestó sentirse encantado de tener allí a tan distinguido huésped:

- Cualquier cosa que desee, no tiene más que pedirla, (dijo).

Durante la noche el Mulá tuvo mucha sed. Pidió agua a gritos pero nadie se movió.

Su garganta estaba reseca y sentía como un fuego en su boca.

- ¡Fuego! ¡fuego!, (gritó).

Despertó a al posada entera y momentos después el dueño estuvo a su lado con un cántaro con agua:

-¿Dónde está el fuego?

- Aquí, (dijo Nasrudín apuntando hacia su boca).

¡Aten abajo!

El Mulá se hallaba a bordo de un barco cuando se desató una terrible tormenta. Todos fueron llamados a cubierta para arriar las velas y atarlas a los mástiles.

Nasrudín corrió hacia al capitán, gritando:

- ¡Tontos! No ven acaso que la nave se mueve desde abajo y sus hombres están tratando de atarla desde arriba

Propiedad privada

Cabalgaba un día Nasrudín sobre un burro cuando observó unas hermosas flores a la vera del camino. Se apeó para cortarlas y, al regresar con su ramillete, halló que le habían robado la capa que había dejado sobre el lomo de su burro.

- Muy bien (dijo Nasrudín), a cambio tomaré tu montura. Lo justo es justo.

- Montó su burro y cargó la montura sobre su propia espalda.

Ley económica

Durante las Cruzadas Nasrudín fue capturado y puesto a cavar zanjas cerca de la ciudad de alepo. El trabajo era agotador y el Mulá se quejaba de su suerte; sin embargo, el ejercito era bueno para él.

Un día acertó pasar por allí un mercader neutral que lo reconoció y lo rescató, pagando por él 30 dinares de plata. Lo llevó a su casa, le dispensó buen trato y le ofreció su hija.

Ahora Nasrudín vivía bastante confortable, pero la mujer resulto ser una arpía.

- Recuerda (le dijo ella un día) que tú eres el hombre que compró mi padre por 30 dinares y te entregó a mí.

- Sí (respondió Nasrudín), yo soy ese hombre. El pagó 30 por mí, tú me obtuviste por nada y yo perdí hasta los músculos que gané cavando zanjas.

Lágrimas de los pobres nativos

En uno de sus muchos viajes de estudio Nasrudín atravesaba un rico país en dirección a su capital.

A medida que su burro avanzaba cansinamente, el Mulá se sentía cada vez más impresionado por el buen aspecto y la prosperidad de las granjas que veía a ambos lados del camino.

El 1* día de luna nueva Nasrudín llegó a la ciudad. Allí era costumbre que los habitantes salieran a la cale a contemplar el cuarto creciente. Nasrudín desconocía todo esto hasta que vio como se precipitaban hacia fuera y miraban la luna.

-Ellos tendrán un país floreciente (se dijo el Mulá), pero después de todo, nosotros, tenemos luna casi todo el tiempo. Evidentemente ella sólo aparece por aquí cuando es invisible para nosotros.

¿Cuánto es lo suficientemente lejos?

Nasrudín estaba desorientado. Su esposa le había dicho que fuera a caminar. Salió a la carretera y siguió marchando durante 2 días.

Por fin encontró a un hombre que venía en dirección contraria.

- Cuando llegue a mi casa (le pidió) entre y pregúntele a mi esposa si ya he ido suficientemente lejos o si cree que todavía debo caminar más.

Cace su conejo

La gente venía hablando de unas bestias extrañas, a veces místicas, y alguien de la casa de té le comentó a Nasrudín que podían encontrarse monstruos incluso cerca de su propio pueblo.

Mientras se dirigía a su casa, el Mulá vio un nuevo animal. Tenía orejas como las de un burro, pero era parduzco, peludo y mascaba. Tan distraído estaba el animal que sigilosamente Nasrudín pudo acercarse y atraparlo por las orejas. Nunca había visto antes algo así. Era, realmente un conejo.

Lo llevó a su casa, lo encerró en una bolsa y prohibió a su esposa que la abriera. Después regresó velozmente a la casa de té.

- He encontrado algo (anunció gravemente) que tiene orejas similares a la de un burro y mastica como un camello. Ahora lo tengo en mi casa dentro de una bolsa. Jamás se ha visto un animal como ese.

La casa de té se vació inmediatamente, pues todos corrieron a lo del Mulá para ver esa maravilla.

Mientras tanto, su esposa, sin poder (claro está) contener su curiosidad, había abierto la bolsa. El conejo huyó raudamente de la casa y desapareció. A la mujer no se le ocurrió mejor solución que poner una piedra en la bolsa y cerrarla de nuevo.

El Mulá no tardó en llegar con sus amigos que clamaban por ver el monstruo.

El Mulá abrió la bolsa y la piedra cayó. Se hizo un silencio mortal. Nasrudín fue el primero en recobrarse.

- ¡Amigos¡ Si toman ustedes 7 de estas piedras descubrirán que pesan 350 gramos.

Materia prima

En la casa de té todos criticaban a Wali. La mayoría lo consideraba un inútil y todos tenían algo que decir contra él.

-Ese hombre, (manifestó el sastre, cuya opiniones eran muy consideradas), es un repollo.

Hubo un murmullo general de asentimiento, con excepción de Nasrudín.

-No es así, Aga. Debe ser justo. Un repollo puede hervirse y comerse. ¿En qué podría transformarse Wali?

Siete de un golpe

Un soldado había regresado de la guerra. En la casa de té había un ambiente de ansiosa curiosidad.

-Un día en la frontera del Norte, maté no menos de 7 infieles, todos ellos de barbas rojas.

-No podrás superar eso, Mulá, (dijo un bromista, quien valiéndose de tretas había logrado que Nasrudín jurase decir la pura verdad durante las 24 horas siguientes).

El Mulá se irguió cuan alto era:

-Yo no soy muy jactancioso y he jurado decir la verdad. Pero sepan todos ustedes que yo he matado a 7 infieles de un solo golpe.

Mientras todos miraban con renovado respeto, el Mulá se retiró airosamente y se dirigió a su habitación; allí yacían aplastados por su matamoscas 7 infieles escarabajos.

Se prueba una vez

Nasrudín merodeaba una taberna . No tenía un centavo; además, el vino le está prohibido a los verdaderos creyentes.

El copero del sultán salió del local llevando con atento cuidado un fino botellón de vino.

Ambos se vieron al mismo tiempo.

-Honorable Saki (empezó a decir Nasrudín), ¿podrías darme...?

-¿darle qué, Mulá?

Pedir vino sería reconocer abiertamente que bebía.

-Darme... un consejo.

-¡Como no! Ve y lee un libro.

Como si hablara consigo mismo, Nasrudín murmuró:

-Oh, no; eso no servirá.

-¿Por qué no?

-Oh...eh...ya probé una vez.

En la frontera

Nasrudín pasó la frontera con una canasta de huevos.

Los productores de huevos del país vecino, celosos por preservar sus derechos, habían peticionado ante el rey y éste había concedido que se prohibiera la importación de huevos.

Los vistas de la aduana detectaron fácilmente a Nasrudín, los condujeron al puesto de guardia y comenzaron a interrogarlo.

-La pena por mentir es la muerte. ¿Qué lleva en esa canasta?

-Los pollitos más pequeños posibles.

-Eso pertenece al rubro animales vivos. Los retendremos (manifestó oficial guardando la canasta en un armario); mientras tanto haremos las averiguaciones. Pero no se preocupe, los alimentaremos por usted. Es nuestra responsabilidad.

-Se trata de pollos especiales, (dijo Nasrudín).

-¿En qué sentido?

-¿Usted ha oído hablar de los animales que languidecen y envejecen antes de tiempo cuando se los priva de la atención de su dueño?

-Sí

Estos pollitos son tan sensibles y de una raza tan particular que, si se los deja solos por un momento, retornan a su juventud antes de tiempo.

-¿Hasta qué punto?

Hasta el punto de convertirse en huevos nuevamente.

El secreto

Nasrudín miró por sobre una tapia y contempló un césped magnífico, verde y suave cual fino terciopelo. Le preguntó al jardinero, que lo estaba regando:

-¿Cuál es el secreto para lograr un césped como éste?

-No hay ningún secreto (respondió el hombre), y si baja hasta aquí no tengo inconveniente en decírselo.

-Maravilloso, (dijo el Mulá, descendiendo atropelladamente). Haré uno igual para mí. Convertiré todo mi jardín en un parque como éste.

-El método (explicó el jardinero), es simplemente, plantar el césped, limpiar los yuyos y mantenerlo raso y parejo, cortarlo con frecuencia.

.¡Yo puedo hacer todo eso! ¿Y cuánto tiempo hay que esperar para tener un césped en estas condiciones?

-Unos 800 años.

-Después de todo me gusta el paisaje sin césped que veo desde mi ventana, (dijo Nasrudín).

Capacidad máxima

Una frágil y antigua vasija china, muy valiosa, fue encontrada por los pobladores y se suscitó una discusión en la casa de té acerca de su exacta capacidad.

En medio de la acalorada disputa llegó el Mulá. La gente apeló a él para que decidiera.

-Es simple (dijo el Mulá); traigan aquí la vasija y un poco de arena.

Hizo que se llenara la vasija con capas de arena fina, una tras otra, mientras la aplastaba con un mazo. Finalmente la vasija estalló.

-Ya está (expresó, dirigiéndose a la concurrencia con aire de triunfante); hemos cuál es la capacidad máxima. Todo lo que tienen que hacer ahora es quitar un grano de arena y tendrán la cantidad precisa que se necesita para colmar un recipiente como este.

Apetito

-No he podido comer nada en 3 días.

-Cielos, Mulá, ¿con tu apetito? Debe de estar muy enfermo.

-No, es que nadie me ha invitado a comer. Eso es todo.

No vale la pena guardarlo

El Mulá Nasrudín vio que algo brillaba en una zanja y se apresuró a levantarlo. Era un espejo de metal.

Al mirarlo de cerca, vio en el su rostro reflejado.

-Es comprensible que lo hayan tirado; una cosa tan horrible como ésta no puede resultarle atractiva a nadie. La culpa es mía, pues lo alcé sin pensar que debía ser algo desagradable.

El médico

Una señora que no se sentía bien mandó a llamar al Mulá en su calidad de médico. Cuando éste llegó y trató de tomarle el pulso, la timidez de la paciente la llevó a cubrirse el brazo con la manga de su vestido.

Nasrudín sacó un pañuelo de su bolsillo y lo extendió sobre la manga.

-¿Qué está haciendo Mulá?

-¿No lo sabe? Un pulso de algodón siempre se debe tomar con mano de seda.

¿Por qué no habría de llevar luto?

Nasrudín criaba pollos y los vendía al carnicero local.

Un día mientras se hallaba ocupado en su gallinero vio pasar a un hombre de luto.

-Dígame (preguntó el Mulá, corriendo hasta el cerco), ¿por qué viste esa ropa?

-Porque mis padres han muerto y así expreso mi duelo por ellos.

Al día siguiente la gente que pasaba vio que cada uno de los pollos de Nasrudín llevaba una cinta negra alrededor del cogote.

-Mulá (inquirieron), ¿por qué tienen los pollos esa cinta negra?

-Sus padres, como ustedes supondrán (dijo el Mulá), están muertos. ¿Por qué no habrían ellos de llevar luto?

Todo incluido

Nasrudín compró un puñado de dátiles y se sentó a comerlos. Su esposa notó que guardaba cuidadosamente en su bolsillo cada uno de los carosos.

-¿Por qué no tiras los carozos como hace todo el mundo?

-Porque cuando compre los dátiles le pregunté al frutero si el precio que pagaba por los dátiles estaban incluidos los carozos y me respondió:

-Sí, están incluidos.

-De manera que los carozos me pertenecen tanto como las frutas; soy dueño de guardarlos o de tirarlos.

Las hijas

Nasrudín tenía 2 hijas; una de ellas estaba casada con un granjero y la otra con un fabricante de ladrillos.

Un día recibió la visita de ambas.

La esposa del granjero dijo:

-Mi esposo ha terminado de sembrar. Si llueve me comprará un vestido nuevo.

La otra dijo:

-Espero que no llueva. Mi esposo acaba de hacer una gran cantidad de ladrillos que están listos para hornear. Si no llueve me comprará un vestido nuevo.

-Una de ustedes podrá valer algo (dijo el Mulá), pero no sabría decir cuál.

Una moneda menos que pagar

Estaba Nasrudín sentado cerca de una piedras que se utilizaban para vadear el río, cuando vio a 10 ciegos que querían cruzarlo. Entonces les ofreció ayuda a cambio de 1 moneda por persona.

Los hombres aceptaron y comenzó a cruzarlo. 9 alcanzaron la otra orilla sin novedad. Pero mientras cruzaba al último, el infortunado tropezó y fue arrastrado por la corriente.

Presintiendo que algo había pasado, los 9 sobrevivientes preguntaron:

-¿Qué ocurre Nasrudín?

-Una moneda menos que pagar, (respondió).

martes, 8 de noviembre de 2011

¿Por qué me pregunta a mí?

Cierto día Nasrudín cabalgaba en su burro, cuando éste se espantó por un bulto que había en el camino y se echó a cabalgar desenfrenadamente.

Al ver correr al Mulá a una velocidad desacostumbrada, unos campesinos le gritaron:

-¿Adónde va tan apurado, Nasrudín?

-No me pregunten a mí (contestó), pregúntele al burro.

Donde yo me siento

En una reunión de teólogos Nasrudín estaba sentado al final del salón, en el extremo más alejado del lugar del lugar de honor. Comenzó a relatar cuentos y pronto la gente se aglomeró a su alrededor, escuchando y riendo. Nadie hacía caso del anciano que estaba pronunciando un docto discurso. Cuando ya no podía oírse ni a sí mismo, el presidente de la asamblea rugió:

-¡Tienen que guardar silencio! Nadie puede hablar, a menos que esté sentado donde se sienta el jefe.

-No sé cómo lo verá usted (dijo Nasrudín), pero allí donde yo esté sentado es donde se sienta el jefe.

Experto en pirámides

Nasrudín estaba sentado sobre las ramas de un árbol, oliendo los pimpollos y tomando sol.

Un viajero le preguntó qué hacía allí.

-Estoy trepado a la Gran Pirámide.

-No está ni remotamente cerca de una pirámide. Además, hay 4 caminos por los que se sube a una pirámide, 1 por cada cara. Eso es un árbol.

-Sí (dijo el Mulá), pero es mucho más divertido así, ¿no cree? Pájaros, flores, céfiros, sol. Definitivamente pude haber hecho algo mejor.

¿Cuál es la razón?

Un caluroso día de verano Nasrudín estaba recostado a la sombra de una morera y observaba unos enormes melones que crecían cerca de allí. Su mente derivó hacia cosas más elevadas.

-¿Cómo es posible (se preguntó) que un árbol enorme, impresionante como éste, de frutos tan pequeños e insignificantes? Observen cómo esa pobre y débil enredadera produce tan grandes y deliciosos melones....

Mientras reflexionaba acerca de esta paradoja, una mora cayó sobre su afeitada cabeza.

-Ahora entiendo (se dijo el Mulá); así que esta es la razón. Tendría que haber pensado en ello antes.

El caballo del lechero

Nasrudín decidió vender leña y compró a muy bajo precio el caballo de un lechero para que lo ayudase a repartir su mercadería. El animal recordaba su anterior recorrido y se detenía cada 2 o 3 casas, relinchando con fuerza. Las personas salían con sus tarros de leche e insultaban al Mulá cuando veían que este sólo llevaba leña.

Finalmente Nasrudín no pudo soportarlo más y amenazó al caballo con un puño, diciéndole:

-Pongámonos de acuerdo de una vez, ¿quién es el que vende, tú o yo? Tú relinchas para anunciar la leña y ellos me atacan por no traer leche.

¿Quién a quién?

Un hombre que había estudiado en muchas escuelas de metafísica se presentó ante Nasrudín. Describió en detalle en cuáles había estado y qué había estudiado para demostrar que merecía ser aceptado como discípulo.

-Espero que me acepte o, al menos, que me exponga sus ideas (dijo), puesto que he empleado tanto tiempo estudiando en esas escuelas.

-¡Qué lástima! (exclamó Nasrudín), usted ha estudiado a los maestros y sus enseñanzas. Lo que tendría que haber sucedido es que los maestros y las enseñanzas lo estudiaran a usted. Entonces sí habríamos tenido algo interesante.

Los límites de la percepción

Una vez que llevaba unos gallos a cierto lugar, Nasrudín pensó en soltarlos un rato para que pudiesen andar libremente parte del camino. Picoteando la tierra, los gallos empezaron a dispersarse en todas las direcciones.

-¡Oh, qué tontos! (gritó Nasrudín). Ustedes que saben cuándo está por amanecer, ¿cómo es que ni siquiera pueden darse cuenta adónde voy?

Librado a sus propios recursos

Cerca del pueblo donde vivía Nasrudín, el rey dejó libre a un elefante domesticado que comenzó a destruir los sembrados.

Los pobladores decidieron acudir en grupo a ver a Tamerián para protestar. Puesto que se sabía que Nasrudín en ocasiones había entretenido al rey, el Mulá fue designado jefe de la delegación.

El grupo se sintió tan impresionado por la magnificencia de la corte, que empujó a Nasrudín dentro de la sala de audiencias y huyeron todos.

-Y bien (dijo el rey), ¿qué quieres Nasrudín?

-Con respecto a su elefante, majestad..., (balbuceó).

El Mulá se dio cuenta de que el rey estaba de mal humor esa mañana.

-¿Qué pasa con mi elefante?

-Nosotros..., es decir, yo, estaba pensando... que necesitaría pareja.

Más tarde de lo que cree

Decidiendo que por una vez ayunaría los 30 días de Ramadán, Nasrudín pensó en llevar la cuenta poniendo una piedrita en una olla por cada día que pasara.

Su hija pequeña, viendo al padre hacer esto comenzó también a traer piedras de todo el jardín y a introducirlas en la olla. Nasrudín nada sabía de esto.

Días más tarde unos viajeros que pasaban le preguntaron cuántos días del mes de ayuno había pasado ya. Nasrudín corrió hasta su olla y contó las piedrita. Cuando regresó, dijo:

-45.

-¡Pero si sólo hay 30 días en el mes!.

-Yo no exagero (respondió el Mulá con dignidad); muy por el contrario. La verdadera cifra es 153.

Aun el fuego

El Mulá intentaba encender el fuego, pero a pesar de lo mucho que las soplaba, las llamas no brotaban de las brasas.

Perdiendo los estribos gritó:

-¡Traeré a mi esposa si no se encienden!, y sopló aún más fuerte.

El carbón comenzó a arder vivamente, de modo que para mejorar el efecto tomó el sombrero de su esposa y se lo puso en la cabeza. De pronto asomó una llama.

Nasrudín sonrió.

-¡Aún el fuego le teme a mi mujer!.

Esperando que la masa leve

La esposa de Nasrudín lo mandó a buscar agua al río.

Ella le explicó que, si bien era tarea de mujeres, no podía ir porque estaba esperando que la masa levara.

El Mulá marchó despacio hasta el río, sumergió el cántaro en el agua, y lo perdió en la corriente.

Una hora más tarde estaba aún sentado allí, mirando con fijeza el agua. Alguien que pasó le preguntó qué hacía.

-Estoy esperando que la masa leve, (dijo).

Todo a nombre de mi esposa

Un día Nasrudín estaba comiendo un gran pollo asado cuando pasó un hombre pobre quien, asomándose por la ventana, le pidió:

-Por favor, deme un trozo de esa ave; estoy muerto de hambre.

-En lo que a mi respecta (respondió Nasrudín), de buena gana se lo daría todo; pero, desafortunadamente, le pertenece a mi esposa.

El olor de un pensamiento

Nasrudín no tenía un centavo y estaba acurrucado en una manta, mientras afuera el viento aullaba.

-Por lo menos (pensó) los vecinos no olerán comida de mi cocina y no podrán mandar por ella.

En ese momento cruzó por su mente el pensamiento de una sopa caliente y aromática, y durante largos minutos se quedó saboreándola en su imaginación.

Se escuchó entonces un golpe en la puerta. Era la hija pequeña de un vecino:

-Me manda mi madre a preguntarle si le sobra algo de sopa; sopa caliente y sazonada.

-El cielo nos ayude (exclamó Nasrudín); los vecinos huelen hasta mis pensamientos.

El Kar-kor-ajami

-¿Qué es un Kar-kor-ajami?”, (le preguntó alguien al pequeño hijo de Nasrudín, quien había estado hablando sobre personajes de cuentos de hadas).

-Pues lo que su nombre significa (dijo el niño), Es una cosa ciega, sorda y muda que camina.

-Sí (interrumpió el Mulá), y yo le enseñé a Kar-kor-ajami a ser todas esas cosas.

Venimos y nos vamos

-¿De dónde venimos y hacia dónde vamos, y cómo será esto?, (tronaba un desviche errante).

-No sé (dijo Nasrudín), pero debe ser bastante terrible:

Un espectador preguntó por qué.

-La observación me ha demostrado que cuando nacemos lo hacemos llorando, y muchos también nos vamos llorando, y, además de mala gana.

Sólo con pedir

-He oído decir que tiene un vinagre que ha sido añejado durante 40 años, (dijo un vecino a Nasrudín).

-¿Me daría un poco?.

-Por supuesto que no (dijo el Mulá). No tendría 40 años de añejamiento si lo hubiera estado regalando, ¿no es cierto?

¿Qué encontrará?

-Hay un ladrón en la planta baja, (avisó la esposa de Nasrudín una noche).

-No hagas ruido, (susurró el Mulá). Para que encuentre algo aquí, antes deberá traerlo a la casa y quizá deje alguna cosa al irse.

Lo que él dice es lo que importa

Un vecino conocido por su crueldad quería que Nasrudín le prestara el burro.

-Tendré que pedirle permiso a él, (alegó el Mulá).

-Muy bien; vaya y pregúntele.

-Nasrudín no tardó en regresar del establo.

-Lo lamento; él está dotado de presciencia y afirma que el futuro no le augura buenas relaciones con usted, (informó).

-¿Pero qué ve en el futuro?

-Yo no le pregunté y dijo simplemente: “Viajes largos y poca comida, huesos doloridos y rodillas lastimadas:

¿Por qué?

El entrometido del pueblo, deseando ser recompensado por llevar buenas noticias, corrió un día hasta la casa del Mulá:

-¡Nasrudín! ¡Buenas noticias!

-¿Qué pasa?

-¡Los vecinos están cocinando tortas!

-¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

-¡Pero te van a dar algunas!

-¿Y eso que tiene que ver contigo?

El genio

El hijo pequeño de Nasrudín parloteaba:

-Papá, recuerdo el día en que tú naciste.

El Mulá se dirigió a su mujer en tono triunfante:

-Ahí tienes, Kerima, esto prueba terminantemente que este hijo mío es un genio.

Que sea trigo

Un vecino le pidió al Mulá Nasrudín que lo apoyara en un juicio en el que se disputaba la posesión de cierta cantidad de granos.

-¿Se hallaba presente durante la transacción?, (le preguntó el juez a Nasrudín).

-Sí; vi claramente cambiar de manos las bolsas de cebada.

-Pero ocurre que en este caso se trata de bolsas de trigo, no de cebada.

-Eso no viene al caso. Yo estoy aquí para decir que mi amigo está en lo cierto. Como testigo falso, con toda seguridad puedo decir cualquier cosa sin que eso se use en mi contra.

Razonamiento deductivo

-¿Qué edad tiene usted Mulá, (le preguntó alguien).

-3 años más que mi hermano.

-¿Cómo lo sabe usted?.

-Simple razonamiento. El año pasado oí decir a mi hermano que tenía 2 años menos que yo. De esto hace 12 meses. Eso significa que ahora tengo 1 año más. No tardaré en ser lo suficientemente viejo como para ser su abuelo.

Identidad equivocada

Mulá Nasrudín había cambiado algunas palabras ásperas con el sheik del monasterio en el cual se hospedaba.

Días después se descubrió que faltaba una bolsa de arroz y el jefe ordenó que todos se alinearan en el patio. Una vez allí, les dijo que el autor del robo tendría algunos granos de arroz en su barba.

-Este es un viejo truco para hacer que el culpable se toque la barba, (pensó el ladrón verdadero), y no se movió.

-El jefe quiere vengarse de mí (pensó Nasrudín). Será mejor que me los quite del modo más disimulado que sea posible”.

Pasó los dedos por su barba y se dio cuenta de que todo el mundo lo miraba.

-Sabía que tarde o temprano me descubrirían, (dijo Nasrudín).

Extensión invisible

En el mercado Nasrudín vio a un hombre que subastaba una espada muy hermosa. -¿Cómo es posible que un pedazo de acero valga 50 piezas de oro?, inquirió.

El rematador, al darse cuenta de que el que preguntaba no era un entendido del arte, contestó:

-Esta es una espada mágica. En el combate se alarga un par de metros y alcanza al enemigo.

Pocos minutos después el Mulá volvió con la tenaza para brazas.

-Venda esto (le dijo al rematador), y tenga en cuenta que el precio de base es de 100 piezas de oro”.

-No crea que pueda obtener por esto más de algunos cobres, (dijo el hombre).

-Tonterías, (dijo el Mulá). Puede aparecer una tenaza común, pero cuando mi esposa me lo arroja, incluso desde 10 metros, se extiende de un modo invisible y cruza el espacio.

Clarividencia

-Eh, Mulá (llamó un airoso noble al pasar junto a Nasrudín por el camino), ¿cuál de estos recodos debo seguir para llegar a la capital?.

-¿Cómo supo usted que soy Mulá?. (preguntó Nasrudín).

El otro, que sólo había usado la palabra al azar, quiso mofarse del simplón y respondió:

-Puedo leer la mente de las personas.

-Muy bien (dijo Nasrudín mientras proseguía su marcha), entonces lea cuál es el camino hacia la capital.

La escuela

En la escuela del Mulá uno de los niños le preguntó:

-¿Cuál es el mayor logro: el del hombre que conquista un imperio, el que pudiendo hacerlo no lo hace o el de aquel que evita que otro lo haga?.

-Sobre eso nada sé (dijo el Mula), pero sí conozco una tarea mucho más difícil que cualquiera de ésas.

-¿Cuál es?

-Tratar de enseñarles a ver las cosas tal como en realidad son:

Alá proveerá

-Alá proveerá, (decía un día Nasrudín a un hombre que se quejaba de que le habían robado dinero en su casa).

El hombre expresó sus dudas.

Nasrudín lo condujo a la mezquita y rodó por el suelo mientras pedía a Alá que devolviera al hombre sus 20 monedas de plata.

Molestos por su presencia, la congregación realizó una colecta y le entregó la suma a la sorprendida víctima.

-Usted quizá no comprenda los medios que operan en este mundo (le dijo el Mulá), pero seguramente comprenderá el fin cuando le es dado en forma tan concreta.

Huevos

Un grupo de jóvenes llevó consigo huevos a una casa de baños turcos, donde se esperaba la llegada de Nasrudín.

Cuando éste entró en la sala de vapor en la que el grupo estaba sentado, uno de los jóvenes preguntó:

-Imaginemos que somos aves y veamos si podemos poner huevos. Aquel que falle, deberá pagar a todos la tarifa del baño.

Nasrudín estuvo de acuerdo.

Después de cacarear un poco, cada uno tomó el huevo que tenía tras de sí y lo exhibió. Entonces le pidieron a Nasrudín su contribución.

-Entre tantas gallinas (dijo) tiene que haber un gallo.

¿Cuánto es demasiado largo?

Un hombre quería cortar la cola de su caballo. Le preguntó al Mulá, cómo debía ser la longitud del corte.

-Es lo mismo (dijo Nasrudín), porque no importa lo que usted haga, las opiniones diferirán; incluso su opinión variará de tanto en tanto. Demasiado larga... no, demasiado corta...

O de lo contrario

Nasrudín recorrió el pueblo gritando:

-He perdido mi alforja. Encuéntrenla (tronaba), o de lo contrario...

Alarmada, la gente se dispersó en todas direcciones buscando la bolsa hasta que por fin apareció.

-¿Qué habrías hecho, Mulá (le preguntó alguien), si no la hubiéramos encontrado?.

-Me habría hecho otra con un lienzo que tengo en mi taller.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Yo no empecé

Nasrudín entró en una mezquita y se sentó. Su túnica era más bien corta, y el hombre que se encontraba a sus espaldas, pensando que no lucía bien, tiró de la prenda hacia abajo.

Inmediatamente Nasrudín tiró de la camisa del hombre sentado delante de él. Este le preguntó:

-¿Qué está haciendo usted?

-No me pregunte a mí. Pregúntele al hombre que está detrás de mí. El empezó.

Más ruidoso que un buey

Nasrudín robó un buey, lo mató y la quitó el cuero.

El duelo lo identificó como el autor del delito y comenzó a gritar y a lamentarse.

-Es extraño (se dijo Nasrudín) como funcionan causa y efecto. Yo mato un animal, y es el dueño el que se comporta como si lo estuvieran desollando.

Lo que está arriba y lo que está abajo...

Un obstinado noble había logrado que el sultán le concediera derechos para compartir la cosecha de la tierra ocupada por Nasrudín. Cuando el empleado de la corte le preguntó qué cosecha deseaba compartir, el noble dijo simplemente:

-Anote cuanto haya sobre la tierra.

Con la orden debidamente sellada se presentó más tarde a la casa del Mulá. Ese año Nasrudín había plantado nabos y su parte de la cosecha sobre el suelo no ascendía a mucho.

Al año siguiente, el hombre de la ciudad llegó para recoger su parte, habiendo hecho especificar en su orden:

-Toda la cosecha que haya debajo de la tierra.

Ese año el Mulá había sembrado trigo.

El especulador

Nasrudín compró una gran cantidad de huevos e inmediatamente los vendió a un precio menor que el costo.

Cuando alguien le preguntó por qué había hecho eso, respondió:

-Usted no querrá que me llamen especulador, ¿no?

El anuncio

Hallándose en la plaza del mercado Nasrudín se puso de pie y dijo a la multitud:

-¡Oh pueblo! ¿Queréis el conocimiento sin dificultad, la verdad sin falsedad, el logro sin esfuerzo, el progreso sin sacrificio?

Enseguida se apiñó gran cantidad de gente que gritaba:

-¡Sí, sí!

-¡Excelente! (dijo el Mulá), sólo quería saberlo. Podéis estar seguros de que si alguna vez llego a descubrir algo semejante os lo haré saber”.

Quizás haya un camino allí arriba

Unos niños planearon robarle las sandalias al Mulá y escapar con ellas. Lo llamaron y señalaron un árbol:

-Cualquiera de ustedes podría (contestó Nasrudín) y les demostraré como. Se quitó sus sandalias, las puso bajo el cinturón y comenzó a trepar.

-Mulá (gritaron los niños), no necesitarán sandalias en el árbol.

Nasrudín, que sin saber el porqué había presentido que debía llevar sus sandalias consigo, les advirtió:

-Se debe estar preparado para cualquier emergencia. ¡Quién sabe...!, podría encontrar un camino allí arriba:

Altruismo

Una y otra vez Nasrudín intentó hacerse un turbante con un retazo de tela que le habían dado, pero era demasiado corto. Por último lo llevó al mercado y se lo entregó al rematador para que lo vendiera.

La subasta comenzó y el Mulá escuchaba cómo el rematador encomiaba la tela y cómo las ofertas subían más y más.

-No puedo tolerar que se digan tantas cosas buenas de un mísero pedazo de tela que tantos problemas me ha causado, (pensó el Mulá). ¿Acaso puedo ocultar los defectos de una cosa tan poco meritoria?”.

Así fue que se acercó furtivamente al hombre que había hecho la última oferta y le susurró al oído:

-No vale la pena comprar esta tela para un turbante; es muy corta.

Sin tiempo que perder

Nasrudín llegó corriendo a una cita en la ciudad vecina completamente desnudo. La gente le preguntó el por qué.

-Estaba tan apurado por vestirme que olvidé la ropa.

Anacronismo

-¿Qué hace usted sentado en este cruce de caminos, Mulá?

-Algún día algo sucederá aquí y una multitud se reunirá. Cuando ese momento llegue, quizá no pueda acercarme lo suficiente, por lo tanto, estoy reservándome el lugar ahora.

En la mezquita

Nasrudín estaba sentado meditando en una mezquita al final de una fila de creyentes. De pronto uno de ellos exclamó involuntariamente:

-Creo que dejé fuego encendido en mi casa.

Su vecino dijo:

-Usted ha roto su silencio y echó a perder la oración. Ahora deberá decirla nuevamente.

-Usted también, (añadió el siguiente).

-Alabado sea Alá (dijo Mulá Nasrudín en voz alta), pues yo no rompí el silencio.

Cuando preocuparse

El burro de Nasrudín se había perdido. Todos le ayudaron a buscarlo por los alrededores.

Una persona le dijo:

-Usted no parece estar preocupado en lo más mínimo. ¡Se da cuenta que su burro podría no ser hallado nunca?

Nasrudín respondió:

-¡Ve aquella colina? Todavía nadie ha buscado allí. Si en ese sitio no lo encuentran, entonces comenzaré a preocuparme.

El valor de un deseo

Nasrudín tenía un búfalo cuyos cuernos estaban muy separados.

Muchas veces había pensado que montarse entre ellos sería como sentarse en un trono.

Un día el animal se echó cerca suyo; lo único que necesitaba hacer era acomodarse entre sus cuernos. No pudo resistir la tentación, pero enseguida el búfalo se irguió y Nasrudín cayo derribado.

Su esposa, al verlo en el suelo aturdido, comenzó a llorar.

-¡No llores¡, (dijo el Mulá mientras volvía en sí). “He sufrido, pero al menos también me he sacado el gusto:

El cambio

Desde su niñez Nasrudín fue llamado el “disconforme”.

Sus familiares se habían acostumbrado tanto a su hábito de hacer siempre lo contrario, que cuando ellos querían algo de él le ordenaban que hiciera lo opuesto.

El día que cumplió 14 años Nasrudín, junto con su padre conducía al mercado un burro cargado de harina. Al despuntar el alba, cruzaban un torrente por un desvencijado puente de sogas cuando la carga empezó a ladearse.

-Pronto Nasrudín, (gritó al padre), levanta la carga por la izquierda o perderemos la harina.

Inmediatamente Nasrudín alzó la parte izquierda de la carga, haciendo que ésta terminara por desequilibrarse y la harina cayera al agua.

-¡Tonto, ridículo!, (exclamó el padre). ¿No es que hacías siempre lo contrario? ¿No te indiqué el lado izquierdo de la carga para que lo hicieras por el derecho?.

-Si padre. Pero ahora tengo 14 años. Desde el amanecer se considera que soy un adulto sensato y, por lo tanto, cumplo las órdenes.

El presagio que se cumplió

Un ladrón estaba robando el manto de Nasrudín. Por casualidad, su burro comenzó a rebuznar en ese preciso momento.

Nasrudín, alborozado, comenzó a gritar:

-¡Que presagio maravilloso! ¡Buenas nuevas! ¡La inmunidad siempre sigue el rebuzno de un burro!.

Repetitividad

Par aprovecharse de la inmensa reputación de los Sufís como maestros especialmente perceptivos, un grupo de ladrones se instaló en un monasterio abandonado sobre una ruta y se hicieron pasar por desviches Sufís .

Nasrudín y su pequeño hijo estaban haciendo un largo viaje cuando fueron avistados por un vigía que los ladrones habían destacado. Inmediatamente los falsos derviches comenzaron a practicar una danza rítmica, haciendo mucho ruido.

Al acercarse, Nasrudín le dijo a su hijo:

-La noche caerá pronto y esto parece ser un monasterio de desviches avanzados. Pidamos hospitalidad.

Los falsos desviches los recibieron cálidamente e incluso invitaron al Mulá a que se les uniera en sus ejercicios especiales. Estos consistían en un rápido movimiento circular y la repetición de frases que el jefe cambiaba de tanto en tanto.

Nasrudín no tardó en girar como el mejor de ellos, siguiendo los gritos repetidos, en un estado mental casi histérico. Entonces el jefe de los “desviches” comenzó a gritar:

-¡Les doy mi burro! ¡Les doy mi burro!.

Obedientemente Nasrudín se hizo eco del estribillo y el tempo de sus gritos fue creciendo hasta que cayó inconsciente.

Cuando despertó el amanecer Nasrudín se encontró con que los ladrones y su burro habían desaparecido.

-¿Acaso no te deje a cargo del animal?, (le bramó a su hijo).

-Si, padre. Pero cuando uno de los desviches vino y se llevó al burro corrí hacia ti y tú estabas gritando “les doy mi burro” tantas veces, y frente a tantos testigos, que me di cuenta de que lo habías regalado.

No es tan fácil como parece

Una viuda llegó hasta la corte del Mulá y exclamó:

-Soy muy pobre. Mi hijo come muchísimo azúcar; en realidad se ha vuelto adicta a ella. A causa de esto el dinero no me alcanza. ¿Querría la corte prohibirle comer azúcar, pues yo no puedo lograrlo?

-Señora (dijo el Mulá), este problema no es tan sencillo como parece. Vuelva dentro de una semana y se le comunicará la decisión después de que haya examinado el caso a profundidad.

Al cabo de una semana el nombre de la mujer estaba nuevamente en la lista de los deprecantes.

-Lo lamento (dijo Nasrudín cuando le llegó el turno de la mujer), este caso es complicado y será postergado otra semana más.

Sucedió lo mismo en las otras dos semanas siguientes. Por fin Nasrudín anunció: -La corte dará ahora su veredicto. Llamen al joven:

Este se presentó ante el Mulá.

-Muchacho (tronó el magistrado) tienes prohibido comer más de media onza de azúcar por día”.

La mujer expresó su agradecimiento al Mulá y pidió permiso para hacer una pregunta.

-Diga usted, indicó Nasrudín.

-Estoy intrigada por saber la razón por la cual vuestra señoría no le prohibió al muchacho comer azúcar en alguna de las audiencias anteriores.

-Pues bien (dijo Nasrudín), tenía que deshabituarme yo primero; ¿no es así? ¿Cómo podía saber que me llevaría tanto tiempo?”: